miércoles, 3 de febrero de 2016

TIERRA JATE TIERRA NEGRA
-Por: Malicia Enjundia-

Sierra Madre Buritaca, Sierra Mía Tierra Negra,  Sierra Mía Tierra Jate, Tierra Mía Java Sierra, Tierra de Mambe y Poporo, Corazón del Sol hecho Jate, Fuerza de la Tierra hecha Java, canto de Río y  de Mar, Luna Marina,  Isla de Palmera, Sierra Java, Sierra Jate, Ruiseñora Sierra Negra, ¡Cuánto sueño contigo!




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Buritaca, Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. Un río que desemboca en el mar. Río manso y cristalino, piedras que guardan el secreto de los tiempos. Mar de arena plateada, blanca espuma que baña, fuerte ola que sacude y arrebata.
Manzana Ocho. Casa Quince. Una cerca de madera, un corredor con las cosas de un carpintero, una casa humilde, un amplio patio de tierra. En su  centro,  Goksein, el sabio fuego abuelo de los Koguis, arde día y noche, el  Jate Jairo lo alimenta con leña, lo cuida, le pregunta, escucha sus respuestas. Son las 8:30 de la noche del 24 de diciembre de 2015. En silencio y sentados sobre bancas de madera, 4 Hippi Koguis mambean coca junto a un indígena Kogui y su pequeño hijo, soban el Poporo, hablan con Goksein.
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Jate Dueiva Java Abueyo: Nuestro corazón es tu altar

A principios de los años 70´s, cuando las flores soplaron el poder de su aroma sobre los espíritus hippies,  Hernán Sedano, Silfo Murillo y Jairo Vargas  subieron a Taminaka, en  la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí murieron los 3 hombres que venían de la ciudad, que se ponían zapatos, que se vestían como los otros, que compraban la ropa y la comida, que vivían en casas de cemento; sin saberlo,  los aguardaba una heredad, un territorio, una palabra, una dinastía indígena que  “civilizó” sus espíritus, y  los hizo guardieros y mensajeros del Padre Sol y de la madre Tierra. Así nacieron los Hippie Koguis; empezaron a caminar descalzos, renunciaron al tiempo acelerado de la urbe, meditaban. Los Mamos que al principio los apartaron y les pidieron que se fueran, luego los adoptaron, les enseñaron a construir sus casas, a sembrar su comida, a fabricar su ropa, a tostar la hoja de coca a la que también llaman Jayo, a intercambiar el mambe como señal de respeto siempre que dos hombres se encuentran, a tejer sus mochilas, a hablar con el Fuego, a cuidar la naturaleza.
“En la Sierra ocurre un intercambio de energías entre quien llega a recargarse y a depositar. Se fluye como la sangre y quedamos quienes recibimos la heredad. Somos herederos de los UAÍ, quienes hicieron una profecía que está dentro del programa de la madre y  de Dios. Recibimos territorio y palabra, debemos activar el Meridiano Corazón”

El Jate está vestido de blanco, los Koguis lo bautizaron Shukasá Yueiva Salabata, lleva un gorro tejido, su mirada es transparente y apacible, las palabras que salen de su boca son reveladoras, cree en Jesucristo redentor de los cristianos como representación del Amor, cree en el Fuego abuelo de los Koguis, cree en la abuela Mar, cree en el Río; traza un círculo de tiza en el patio, junto al fuego, y desde ahí extiende sus manos para saludar a las estrellas.


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Colombianos, franceses, suizos, holandeses y personas de muchas otras partes del mundo se unieron a la familia Hippie Kogui de la Sierra, habían gnósticos, cristianos, krishnas, y todos acudieron al llamado de  la montaña. Sembrar, recoger la cosecha, bendecir el alimento, cocinarlo, alimentarse, doblar la cobija, tender la cama, barrer la maloca, fabricar la propia ropa, atravesar el río, bañarse en él, ofrendar en el mar y  mantener el fuego prendido para espantar a los demonios, hasta que a partir del año 2000 la violencia paramilitar se apoderó del territorio: “Cuando empezó el grupo de los que subimos éramos 138 personas. Algunos se quedaron allá, otros sitios apenas se están reactivando, pues hubo un destierro y  la madre nos recomendó que bajáramos,  y si no haces caso vas para afuera. Una gran parte del combo está en Palomino, Marquetalia, Don Diego, Brasil, Francia… en todo caso, los territorios nuestros están protegidos por la ley de la madre, nos los prestó fue a nosotros y no a ninguna otra tribu para que trabajáramos Dios…”

Los Hippi Koguis ya tienen tres generaciones y Tierra Negra es uno de los territorios asignados a esos herederos de los UAÍ, el camino está frente a la carretera  principal a la que conduce la salida de Buritaca. Es la parte baja de la Sierra, por mucho tiempo los monocultivos y el conflicto armado hicieron de ella un territorio infértil y ensangrentado, hoy, el Jate Jairo y su hijo Itamar han iniciado un proyecto para reforestarla, y garantizar que la humanidad que la habita y la que la visita pueda seguir disfrutando del cristalino río Buritaca que la atraviesa,  de sus plantas curativas como el bejuco, del canto de las aves como la Tangara, del sonido de su propio corazón.
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La involución de la mente humana invita a comunicarnos a través de teléfonos inteligentes para que el humano cultive cada vez menos su propia inteligencia, el humano sensible sospecha que esa es una incomunicación digital,  y busca otras maneras para reconectar lo que el capitalismo nos quitó y que las comunidades indígenas aún tienen: el poder de hablar con la naturaleza. Al igual que sus maestros los Koguis, cada Hippi Kogui mambea Jayo y tiene Poporo, un objeto hecho de calabazo llamado Sugui en lengua indígena, que  representa el sexo del  hombre y el de la mujer, identifica a los mambeadores como cuidadores del planeta,  los comunica con el Padre Sol y la madre Naturaleza, los ayuda a concentrarse;  aprendieron a usarlo en la casa ceremonial Kogui.   
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Itamar tiene 40 años, es hijo del Jate Jairo y la Java Irma, llegó a los 3 años a la Sierra, bajó a los 11, volvió a los 12 y se quedó hasta los 16;  Itamar creció con los indígenas, lo aprendió todo de ellos;  el barro y las piedras del río le orman en los pies descalzos, habla español y lengua Kogui, tiene el pelo crespo, la piel color cobre, los ojos claros. Itamar entra al patio, trae en su mochila las hojas de coca recién recogidas de la planta, las recolectaron una bibliotecaria que está de paso y la cronista de esta historia.  Itamar pone una piedra grande en el fuego, la deja calentar, la extrae y la mete en la mochila, con una mano sostiene la boca cerrada de la mochila, con la otra la coge por debajo, agarra la piedra y empieza a girarla, de la mochila sale un humo denso, las 4 mujeres presentes tocan maracas, durante una hora el humo sube hacia el cielo estrellado, Itamar gira la piedra y cuenta, sus palabras también giran y se remontan al principio de todo:
“En un principio todo era agua, y el agua estaba en todo y el agua lo era todo. Era el Mar y por eso los Koguis bajan a hacerle ofrendas al Mar con sus algodones impregnados de semen. La madre era la que utilizaba el Poporo y les enseñaba a los hijos cómo era todo en el mundo. Un día, uno de los hijos recibió el Poporo mientras la madre le enseñaba a cocinar, y ahí se dieron cuenta que la mujer era más femenina y el hombre más masculino. Desde ahí el Poporo se le entregó al hombre para que trabajara su espiritualidad, y la mujer trabaja en la casa para mantener la fertilidad”
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Son las 10 de la mañana del 30 de diciembre de 2015. El  Jate Jairo acomoda junto al fuego tablillas de esterilla, encima pone un tendido de conchas de la especie  Caracucha que la Java Irma, su compañera, ha recogido de la playa. Tras poner varios tendidos de esterilla y conchas, les prende fuego y pone un ventilador en una punta, el viento sobre las llamas hace que la esterilla se consuma hacia un sentido hasta que queda en cenizas:

“Arriba se hace a una hora determinada, cuando el viento sopla en un sentido preciso, acá abajo toca usar estos artefactos de la civilización”

El Jate sonríe mientras habla. Luego  empieza a extraer las conchas de entre las cenizas, están calientes, ya no son cafés sino totalmente blancas. Las deposita en un cantero de barro, el sol le recalienta la espalda, suda, cuando termina de recoger la Caracucha hecha agua caliente dentro del cantero, lo tapa con un trapo, luego lo cuela, las conchas se han pulverizado y convertido en Nugui, la cal con la que llenan el hoyuelo del Poporo para extraerla de vez en cuando con la punta del zucalo con que se soba el poporo, untar las hojas de coca mascadas, suavizarlas, aflojar el jugo del Jayo y nutrir el cuerpo junto con la manteca de tabaco llamada Nuey, que según cuenta su leyenda,  es una mujer cazadora a la que siempre le gustó escuchar lo que hablaban los hombres y por eso la madre la echó en la mochila.

Mientras cuela la cal, el Jate mira a sus visitantes y con la misma mirada apacible con que los recibió, exclama: “Lo negativo es el diablo y lo positivo es Dios; la tercera entidad soy yo que decido qué es cada cosa”.
 ¡Larga Vida a Tierra Negra, Portal del Corazón Camino!



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